
VERBORREA
Descastados, fugitivos, proscritos, ratas. Estos son los personajes de Verborrea, un grupo de apestados y expulsados de la sociedad, refugiados en una casa de la Sierra Norte de Madrid. Todos forman parte de una banda punki de los 80: “Verborrea”. Uno de esos grupos inspirados por el punk inglés, entre Reincidentes, Cicatriz, La Polla Records. Pero “Verborrea”duró solo unos años: fueron los más radicales, los más extremos.
El guitarrista murió de SIDA, el bajista atracó una Caja de Ahorros y se lo llevaron por delante a tiros. Los que ahora quedan (otros miembros, manager, una antigua fan) sobreviven en casa del cantante, al que llaman Segismundo Tóxico. Segis heredó una vieja casa de su abuela: una casa que se cae a pedazos, sin calefacción, con el agua caliente cortada por impagos, goteras, invadida por gatos callejeros. Segis es el último punki: sobrevive vendiendo chapas en las colas de los conciertos de Taylor Swift, y traficando a pequeña escala con drogas. Su familia le quiere desahuciar, reformar la casa y ponerla en AirBnb. Pero él lo tiene claro: solo saldrá de allí con los pies por delante.
Arrasados por las drogas y la cárcel, arruinados, denunciados por okupas, por tóxicos, por corruptores de menores, los habitantes de la casa viven en un espacio fuera del tiempo, en un limbo: deberían estar muertos,
pero no lo están. Representan un pasado que se resiste a morir. Planean sueños imposibles y se agarran al día a día.
Verborrea es una tragicomedia salvaje sobre el lado oscuro de la sociedad. Una obra de influencia anglosajona pero fuertemente anclada en la realidad española. Ecos de Pinter y de McDonagh, pero también de Buñuel y de Gutiérrez Solana.
PABLO REMÓN


